Hola a todos!
Este será un espacio para todos aquellos que deseen integrarse en una nueva fórmula comunicativa, aquí se podran recibir todo tipo de opiniones, sin censura alguna claro, así es que el espacio es suyo, y especialmente para todos aquellos compañeros periodistas, y que les parece si iniciamos.
Curitas para un corazón partío
Sus ojos enrojecidos hablan de tormentas, de ayeres felices y futuros inciertos. Grace te mira como si te deseara, pero en realidad su encanto radica en sus piernas largas, cintura breve y caderas anchas. Grace no se llama Grece, sino ana Laura, y tiene 23 años que se ha gastado en noches largas y bares caros. Todo esto lo sé porque es mi vecina y siempre viene a mi departamento a beberse mis cervezas y jugar dominó en las tardes. Casi nunca habla, platica poco, no le gusta su vida y tampoco le he preguntado por ella. En realidad somos dos solitarios, con maestría en desengaños, así que tratamos de sonreír mucho y no hacernos daño. Cuando está algo ebria me abraza buscando protección, se siente a gusto, se le nota, me besa el cuello, luego la boca y siempre dice “me encantas” de una manera que me llega al alma. Y puede que sea verdad, pero no me gusta navegar sobre quimeras.
Mientras se desnuda Grace canta mentalmente Corazón partío, trata de sonreír y ser coqueta, pero a veces la mirada lasciva de aquel hombre la intimida. No es que tenga miedo, no, pero es que no ha acabado de acostumbrarse a tener sexo con tipos que no conoce o a los que en otras condiciones ni siquiera les hablaría.
¿Quién llenará de primaveras este enero, / y bajará la luna para que juguemos?/ Dime, si tú te vas, dime, cariño mío, / ¿Quién me va a curar el corazón partío? Repasa en silencio.
“Preciosa, preciosa”, no deja de repetir aquel individuo calvo y tan gordo como su billetera. Ella finge que está a gusto, la dignidad saberse hermosa es su perfume. Ana no dice nada, sólo deja que camine el tiempo con pasos de caracol. En su cabeza suena ese estribillo que tanto le gusta y no deja de repetir:
¿Quién me va a entregar sus emociones?,/ ¿quién me va a pedir que nunca le abandone?,/ ¿quién me tapará esta noche si hace frío?,/ ¿quién me va a curar el corazón partío?.
Grace trabaja en un table dance y toma anfetaminas para soportar aquello. La vida en los bares es un laberinto sin remedio. Ana que llegó de Sinaloa para estudiar Relaciones Internacionales tuvo que trabajar para pagarse la escuela. Primero fue recepcionista en un hotel de cuatro estrellas, pero alguien la convenció de que ganaría mucho más en un antro. Ana quedo en el pasado, ahora gana lo que se le antoja y se ha convertido en embajadora del placer momentáneo. Sobrevive bien, sin problemas de dinero, pero duerme poco y bebe mucho, no soporta estar sola, así que siempre va a buscarme. Sabe que me atrae y no hace nada por evitarlo. Yo peleo con mis demonios para no enamorarme. Ella tiene un corazón que no sabe de bondades. No es mala persona, pero Grace siempre es la que manda. Ana esta sola, lo sé por sus silencios, y hasta Grace la abandona.
La lujuria es un puerco espín. Ana Laura lo sabe pero no puede evitarla. Son las cinco de la mañana y toca mi puerta. En cuanto cruza la puerta me doy cuenta de que fue una mala noche. “No me veas así”, reclama, “mejor invítame una cerveza”. Se sienta, enciende un Marlboro. Voy a la cocina, destapo dos coronas, le doy una y ella me invita un cigarro. Nos miramos sin abrir la boca. Observo el moretón en su pómulo y el labio roto. Terminamos la chela. Voy por otras. “Sabes, estoy cansada de tipos que sólo quieren mi cuerpo”, dice como si estuviera sola. Me quedo callado. “Ya estoy hasta la madre de acostarme con pendejos que engañan a sus esposas y me piden que les haga cosas que ellas no quieren”. Un sollozo escapa de su garganta. Me acerco a ella, trato de abrazarla, pero no se deja, me aparta con el antebrazo. “No Quero que me tengas lástima”. Siento ganas de decirle que la quiero, pero como es mentira mejor me lo guardo. “La lujuria es un puerco espín”, trato de explicarle. Ella lo sabe lo sabe y no puede evitarlo. Entonces me mira y una lágrima resbala por su mejilla. “Gracias por las cervezas”, se encamina a la puerta. Antes de abrirla me guiña un ojo y vuelve a su rutina. La madrugada araña me ventana, mientras los gatos hurgan en el traspatio.
ROBERTO. G. CASTAÑEDA
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